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Como cada noche, el señor Segismundo, se fue a la cama, y como hacía siempre se tomó sus pastillas para dormir, o al menos intentarlo, hasta la mañana siguiente, en la que se despertaría si todo fuera con normalidad.

Segismundo, tenía o estaba, un poco obsesionado con las moscas. Cada vez que veía una mosca en su casa, bien fuera que estuviera en la habitación, en el baño, en el salón, en la cocina, o en su dormitorio, su mente empezaba a trabajar para liquidar de inmediato, o mejor dicho, para dar caza cuanto antes a la maldita y molesta mosca, y eliminarla definitivamente.

Segismundo por tanto, no era de esas personas capaz de matar a una mosca, sino al contrario, era capaz de exterminar a todas las moscas del mundo si se las pusieran delante. Era un verdadero depredador de moscas, un asesino de moscas, un verdugo de moscas. Así que la obsesión con las moscas quedaba sobradamente demostrada. Era un anti-moscas de nacimiento.

Pero volvamos, al punto de inicio, la noche en la que se acostó en su cama, como cada día, para intentar conciliar el sueño. Se acostó en su posición favorita, que era de lado con la cabeza apoyada en su almohada, y con un brazo estirado hacia la mesita de noche. Lo del brazo era una costumbre, que tenía casi desde que tenía recuerdos de acostarse para dormir.

La noche entró en la profundidad de la oscuridad, y Segismundo, visitó el mundo de Morfeo, de similar forma. Segismundo ya había entrado en la fase REM del sueño, y se agitaba inconscientemente. ¿Pero qué estaba soñando Segismundo? Pues soñaba lo que os voy a contar a continuación.

Paseaba tranquilo por su casa, era de día, y en la calle brillaba el sol. Por lo tanto, hacía calor y alguna ventana de la casa se encontraba abierta, para combatir el calor atmosférico de las estancias. Decidió ir a su habitación para ponerse su reloj de pulsera. Entró en su dormitorio, y allí estaba volando en círculos una mosca, justo encima de su cama.

Segismundo, activo el chip en su cabeza, de eliminación de moscas, que tenía instalado desde niño. Fue con paso un poco apresurado a la cocina, para recoger un paño. Entonces le vino a la memoria un episodio de su adolescencia cuando estaba en casa de su madre, y decidió poner fin al grupo de moscas que cada día sobrevolaban durante la época veraniega, su cocina, y la de su madre.

El procedimiento, era coger el paño, enrollarlo o enroscarlo cogiéndolo por cada punta del mismo, hasta hacer una especie de látigo de trapo, que sirviera como arma contundente para golpear a las moscas, sin destrozar ni los cristales de las ventanas, ni cualquier otro objeto que corriera peligro de ser deteriorado por un golpe fortuito.

Comenzó la caza, y se le daba muy bien. Esperaba el momento en que la mosca estaba parada y moviendo las patas como si estuviera frotándolas con satisfacción, antes de un banquete de comida, migajas, azúcar, y otras partículas comestibles. El golpe con el trapo, por lo general era mortal para la mosca. Ésta era aplastada en cuestión de segundos, y por lo tanto caía muerta hacia el suelo por la gravedad.

Así que Segismundo recordando este procedimiento, fue enrollando el trapo y dirigiéndose hacia su habitación con la clara intención de acabar con la maldita mosca. Cuando llegó, la situación era la misma que cuando se había marchado. La mosca seguía tan tranquila ajena a todo volando en círculos encima de su cama. Así que esperó vigilante, y controlando con la vista cada movimiento de la mosca, hasta que se posó en su cama, y quedó parada.

Segismundo, avanzó como si fuera una serpiente que avanza lenta para que su presa no la detecte. Se acercó todo lo que pudo, y cuando la tenía a golpe de trapo, intentó matar a la mosca, pero fracasó. La mosca salió volando.

Segismundo era ya mayor, y no tenía aquellos formidables reflejos, que hacían que su rapidez no dejara viva ni a una sola mosca en sus ataques. Así que frunció el ceño, y volvió a vigilar, esta vez la mosca volaba rápidamente, de un lado a otro, como si hubiera llevado un susto de muerte, que seguramente su instinto haría que pareciera que estaba en peligro, por alguna razón que desconocía a todas luces.

Pero la mosca se cansó de ese vuelo precipitado y rápido, y bajó el ritmo hasta que se posó lentamente otra vez encima de la cama. Segismundo estaba preparado, a pesar de llevar un buen rato esperando y vigilando a la mosca.

Esta vez le asestó un golpe certero con el trapo, y la dejó para el arrastre. La mosca estaba aplastad, y había dejado una mancha del líquido que corre por el interior de las moscas, en su cama. La agarró con el dedo índice y pulgar con cuidado, y la llevó al cubo de la basura. Objetivo cumplido, decía Segismundo en su interior. Ahora Ya no estaría preocupado por la mosca.

Pasado un tiempo volvió a la habitación para cerrar la ventana de la misma, porque había sentido una corriente de aire fría, que le había estremecido. Cuando entró sorprendentemente, había una mosca volando en círculos sobre su cama, pero esta vez era un moscón, de un tamaño considerable. De estos moscones, que vuelan ya a una velocidad de vértigo de un sitio a otro, y que recorren la casa de atrás a adelante, como cazas de vuelo F-18.

El nerviosismo de Segismundo fue en aumento, estaba realmente agitado. Esta vez corrió a por el trapo, como si fuera un soldado en una guerra, que corre a por su fusil para intentar matar a su enemigo. Entró en la habitación y siguió con la vista la vertiginosa velocidad de vuelo del moscón, y empezaron los intentos de aniquilación.

Blandía el trapo enrollado, como quien empuña una espada para abatir a su enemigo. Lanzaba ataques a derecha a izquierda, al centro, hacia abajo, hacia arriba, pero nada, esta vez no había habido suerte, y tanto lo intentó que acabó cansado, así que procedió a abrir todas las ventanas de la casa, y cuando terminó con esta acción, volvió a coger el trapo enrollado para continuar con los ataques.

Persiguió a la gran mosca o moscón, por toda la casa, dando con su trapo enrollado al aire, tan cerca de la mosca como podía. La gran mosca, a pesar de su velocidad, se asustaba, y aumentaba aún más su velocidad de vuelo, hasta que salió zumbando por una ventana abierta. Entonces Segismundo se apresuró a cerrar todas las ventanas de la casa, para no tener que volver a pasar por ese trance.

Pasados unos instantes, cuando volvía de cerrar la última ventana, la de la cocina, volvió a su habitación para recostarse en su cama, y así poder descansar algo. Y fue entonces, cuando su corazón dio un brinco estrepitoso y repentino. En una esquina de la habitación, había posada en el suelo una mosca del tamaño de una zapatilla. Como se podrán imaginar, ver una mosca de este tamaño, acojonaría al más valiente.

La mosca frota sus enormes patas delanteras, que parecían palos de ramas negras y peludas, con lentitud y parsimonia. Parecía no tener ninguna preocupación, y ningún miedo ante la presencia de Segismundo.

Sus ojos eran de un rojo sangriento, vacíos como sin vida, que no se movían, sus alas eran como las alas normales de las moscas, repletas de esa ramificación a modo de venas, que si mirabas con una lupa podrías observar a simple vista, lo que pasa que esta vez, se veía a la perfección por su tamaño desmesurado.

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Si tan solo ver a esta mosca de tamaño sobrenatural, sobrecogía a Segismundo, cuando levantó el vuelo, el espanto fue latente. Segismundo salió despavorido de la habitación a toda velocidad, y se estrelló al doblar la esquina de una puerta, dándose un cabezazo de campeonato contra la misma. Cayó redondo al suelo, y fue entonces cuando Segismundo despertó de su particular pesadilla, y encendió la luz de la habitación.

Miró el reloj y eran todavía la una y media de la madrugada. Aún no había dormido ni una sola hora. Y no, no había ninguna mosca gigante o sobrenatural en su habitación, y lo digo, porque a pesar de todo se levantó y revisó bien la habitación para asegurarse.

Pero para Segismundo la pesadilla fue tan real, que repensó lo que les estaba haciendo a las moscas, y su obsesión con ellas. Meditó, y se dijo así mismo, que tendría que hacer una visita a un psicólogo, para que le recetara unas pastillas, que le hicieran dormir aún más profundamente, y estar aún más tranquilo. Así era Segismundo.

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