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La Sesión Ocultista

La sala estaba iluminada apenas por un círculo de velas, cuyos destellos parecían respirar con cada murmullo. El aire olía a cera derretida y a polvo antiguo, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para presenciar el rito.

Los asistentes, con rostros tensos y manos entrelazadas, aguardaban la señal de la médium. Sus ojos, vidriosos y fijos en la mesa, reflejaban tanto miedo como deseo: miedo a lo que pudiera manifestarse, deseo de escuchar lo prohibido.

La Médium

La médium cerro los párpados y comenzó a recitar palabras que no pertenecían a ninguna lengua conocida. El sonido era áspero, reptante, como si viniera de un pozo profundo. La mesa vibró, los vasos tintinearon, y una sombra se deslizó por las paredes, tomando forma.

Un frío repentino recorrió la estancia. Las velas se inclinaron, como si una presencia invisible soplara sobre ellas. Entonces, una voz grave, ajena a cualquier garganta humana, emergió del silencio:

-No habéis venido a buscar respuestas, sino a abrir puerta que nunca debieron cerrarse.

El grupo se estremeció. Algunos quisieron levantarse, pero sus cuerpos permanecieron clavados en las sillas, como si la voluntad les hubiera sido arrebatada. La médium, con lágrimas negras resbalando por sus mejillas, sonrió con un gesto que no era suyo.

La sesión ocultista había comenzado, y ya nadie podía detenerla.

La médium abrió los ojos, y en ellos no había humanidad.

Un crujido recorrió la mesa, las velas se apagaron todas a la vez...

Y entonces, silencio.

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