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Elena y Daniel eran la pareja maldita desde hacía algún tiempo, y así lo demostraban cada vez que se veían, mediante un sonoro beso, que se podía oír a 300 metros a la redonda. Eran unos exagerados sí, puesto que el amor no significa dar la nota ante las personas. Más que parecer que se besaban, bien parecía que se estaban succionando entre ambos.

Elena era morena, de cuerpo más bien delgado y alto, y Daniel, más bajo que ella, también era moreno, pelo negro y ojos negros. Ambos tenían rasgos favorecedores, pues eran jóvenes, y la juventud siempre confiere la belleza innata de una tez uniforme y un cuerpo fornido.

Ya había llegado el sábado, y tenían unas ganas locas de divertirse. Tenían en mente alargar esa noche del sábado hasta la mañana del día siguiente. Así que gozaban de un día completo por delante de desenfreno y diversión.

Los dos se habían bañado y vestido ese mismo día como para ir a una boda, y los dos habían prescindido del desayuno. Había amanecido con el sol brillando con fuerza en el cielo. Así que eligieron vestir de blanco en su mayor parte, excepto el calzado y otros complementos.

Así que después del primer encuentro, festejado con el sonoro beso, se abrazaron también durante un buen rato, como si estuvieran en trance. A su alrededor, la gente no podía dejar de echar alguna mirada fugaz de estupefacción. Pues bien parecían dos monos que se abrazaban con gracia animal.

Entonces, lanzaron lo que podría llamarse una invocación. Elena dijo: «Hoy lo vamos a pasar de muerte», y Daniel le contestó: «Claro que sí mi tesoro». Así que planificaron dónde irían a bailar y a disfrutar de la noche, para dar rienda suelta a sus instintos más primitivos.

Decidieron que irían a un antro llamado «La Tarabita». Un local de copas, o más bien una especie de discoteca bastante pequeña, que había en el casco antiguo de la ciudad. Estaban tan contentos, que ese día se olvidaron de tomar bocado, y se dedicaron a recorrer las terrazas de la ciudad durante el día, para beber un buen número de cervezas frías, y hablar, o más bien criticar a su familia y amigos. Esas críticas se convertían directamente en insultos cuando se trataba de calificar a desconocidos.

Entretanto, llegó la tan ansiada noche, y Daniel agarró por el brazo a Elena, y prácticamente entraron en volandas en la discoteca que habían elegido para su particular fiesta. Cuando entraron tuvieron la sensación de estar hechizados, pues se sentían como el Rey y la Reina de la discoteca.

Nada más cruzar la puerta, ya estaban contoneando sus cuerpos al ritmo de la música que estaba sonando, y el portero les miró con desconfianza, pues no les gustó su aspecto y su modo de actuar. Empezó a sospechar que quizás eran un par de drogatas.

Daniel y Elena se acercaron a la barra, y pidieron, ahora sí, bebidas más fuertes, que les pusiera a tono, pero más bien agarraron un coloconazo de miedo. Hablaban, reían, se besaban, como en un ritual continuo solo roto por los tragos que bebían entre risa y beso, y entre beso y charla.

Cuando estaban a punto de dar las 3 de la mañana, ellos no sabían ni adivinaban que era esa hora, por supuesto. Pues no les importaba en modo alguno, la hora que fuera. Se les acercó un tipo bastante pequeño y delgado, y con el pelo corto, que parecía tener aspecto de chica, pero también parecía hablar como un chico, y les ofreció un par de pastillas por el módico precio de 10 euros cada una.

Les dijo que alguien les había dicho que estaban buscando eso, y que por eso se las ofrecía. Daniel y Elena instintivamente miraron la mano abierta, y vieron como las pastillas, que eran blancas, parecían tener un brillo especial, y Elena preguntó: «De qué son», y Daniel repitió: «Sí, eso de que son», y el chico dijo: «son para bailar y para pasarlo a tope, son muy buenas».

Así que después de que sus cerebros asimilasen la rápida respuesta del que tenía aspecto de chica, pero parecía un chico, dijeron que trato hecho. Daniel sacó 20 euros se los dio, y la chica o, o el chico no se sabía muy bien, marchó sin despedirse, de la misma forma que había llegado, rápidamente.

Elena y Daniel con una pastilla cada uno entre los dedos, se les llevaron a la boca, agarraron el vaso, y la tomaron con tres tragos, del licor que había en los vasos. Soltaron ambos una carcajada sonora, y se pusieron directamente a bailar con los brazos apuntando hacia el cielo. Bien parecían dos folclóricos danzando, o dos hechiceros rezándole a su dios, para que les sirviera más sangre.

La noche entro en su punto álgido al igual que la discoteca, que ya estaba repleta, pues recogía y daba cobijo a todos los despojos, de las demás discotecas y pubs que ya habían cerrado. Elena y Daniel continuaban con su baile, ya no hablaban, solo reían, se abrazaban, y se susurraban cosas al oído, que ni ellos mismos comprendían, pero aún así se reían.

Todo parecía ser una auténtica fiesta, hasta que llegó la hora del amanecer. La luz entre entremedias por la cristalera de la puerta de la discoteca, que se abría y cerraba, para que algunos entraran y otras personas salieran.

Ahí empezó todo, empezaron a ver extrañas figuras demoníacas entrar y salir de la discoteca. Al principio, pensaron que quizás fuera algún flash espontáneo, producido por la sustancia inherente a las pastillas, pero rápidamente entendieron que las figuras demoníacas no desaparecían, ni aún lavándose en el lavabo con agua, y estando un buen rato, para intentar despejarse. En el momento que volvían a salir, volvían a ver a las figuras demoníacas, entrar y salir de la discoteca.

Las figuras demoníacas eran verdaderamente horribles, las figuras casi provocaban que se lo hicieran encima de miedo, y eso que los dos se tenían por muy valientes e intrépidos. Entonces se agarraron de la mano, e intentaron ir hacia la puerta, pero cuando miraban veían en sus ojos una maldad extrema, y no podían dar ni un solo paso más. Es más, cada vez estaban más alejados de la puerta de salida.

Ojos de Demonio

De repente la música dejó de sonar y las luces blancas de cierre, dieron la señal para que la gente se fuera marchando de allí. Ya era la hora de la pareja maldita.

En ese momento Daniel miró a Elena a los ojos, y vio que ella tenía los mismos ojos que las figuras demoníacas que les tenían horrorizados, y soltó un espantoso grito y apartó la mirada. Elena le agarró la cabeza y se la movió para que estuviera cara a cara con ella, y le dijo qué era lo que le pasaba. Pero cuando Daniel la miró, Elena saltó hacia atrás como si hubiera visto los ojos de una serpiente frente a ella.

Eran los mismos ojos que había visto Daniel en ella, los ojos de demonio, que tanto miedo les daban. Repitieron la acción de mirarse una vez más, y el grito fue de ambos, Cada vez que se miraban a los ojos, no lo podían resistir ni un segundo, porque apartaban su mirada. Y la razón era que no podían ver esos ojos demoníacos tan malvados y premonitorios de desgracias.

Los dos acabaron en un banco de las Urgencias del Hospital de la ciudad, los dos juntos, sin poder separarse, y esperando su turno para que algún doctor les viera. Mientras tanto, cada vez que Daniel intentaba comunicarse con Elena, sucedía lo mismo, se veían el uno en la otra y viceversa, ojos de dominio, y apartaban la mirada. Y se decían ambos: «No me mires joder; No me mires tú Cabrona». Y la gente que también permanecía a la espera en la Sala de Urgencias del Hospital, les miraba perpleja.

Lo que pensaban todos era evidente, que eran un par de drogatas, los cuales se habían pasado de la raya ese día, y que ahora estaban pasando un mal trago. Pero la verdad es que ambos se habían convertido desde ese día en dos demonios infernales, y que lo que les deparaba el futuro, no era para nada alentador, sino maléfico.

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