Seleccionar página

Título original: La Diatriba del Principe del Infierno. Llegó el día más esperado para el Diablo, su diatriba iba a ser escuchada por todos los que pudieran oír y todos los que no también, pues suyo era el poder de la inconsciencia.

Su lista de injurias hacia los hombres daría comienzo y no terminaría hasta que todos y cada una de las personas que en la tierra se encontraban, en el cielo o en el subsuelo, todas tendrían por obligación oír la diatriba del Diablo.

Con un lenguaje nauseabundo, comenzó a quejarse de todas las cosas que los hombres creían que eran buenas a los ojos de la religión establecida por cada pueblo, región, país, o frontera.

Desde un monte alto, se propuso dirigir su diatriba para satisfacción de todos los demonios del infierno, todos los ya condenados, y todos los que se iban a condenar.

La satisfacción de sus Príncipes del Infierno, era insuperable, reían mientras, por la comisura de sus afilados dientes, corría pasmosa, una masa de plasma sanguíneo viscoso y humeante.

Los reinos del mundo prestaron atención a sus palabras, y a temer en su interior todo lo que su significado tenían. El Diablo y sus demonios habían esperado casi una eternidad, para poder vengar la pérdida de la primacía del firmamento.

Mucho tiempo habían permanecido ocultos a los ojos de la humanidad, y muchas eran las ansias de dominar al mundo en su totalidad. Reinar y gobernar por los siglos de los siglos, hasta ahora sí, la eternidad.

El Diablo comenzó diciendo que Dios su hijo Jesús, y su ejército de Ángeles del Cielo, habían sido totalmente exterminados, por el genocidio diabólico de una fuerza superior llamada Vorágine.

Les aseguró a todos que dentro de algunos siglos, desaparecería hasta el recuerdo de lo que habían llegado a representar para la humanidad. Esto mismo lo tradujo a todos los idiomas y a todas las religiones, y a todos los dioses, profetas, e iluminados, de las mismas, para que lo oyeran a viva voz.

La diatriba del Diablo, era capaz por tanto de diversificar un mundo de idiomas y culturas, y unirlas en una sola voz diabólica, que sería la voz universal y única, que a partir del inicio de la misma, oirían en sus cabezas.

Se quejó de las tentaciones e injurias cometidas por los hombres, las mujeres. El declive moral, y profesional. Se quejó de la desmesurada codicia de éstos, ante sus congéneres. Les recordó que habían comido animales, bebido su sangre, tragado sus vísceras, todo con gran pasión, júbilo y alevosía.

Habló en tercera persona de los homicidas, violadores, injustos, traidores, renegados, bandidos, putas, golfas, rameras, y una larga lista de animales humanos, así los llamó, animales humanos.

Animales que eran peor que la mayor de la serpiente más letal, pues su único cometido en su existencia era mantenerse viva, alimentarse de lo que se interpusiera en su camino, sin hacer daño a nadie ajeno a su destino final.

La Serpiente

Sí, esa serpiente que tantos aborrecían era mejor que vosotros, les decía el Diablo. Vosotros sois la mentira de la creación, y yo soy el que os estoy aclarando la verdad, dejando en vuestros corazones, mi voz convertida en cristales cortantes que laceran vuestros intestinos, y que por encima de todos más teméis. Esa verdad de crueldad que durante miles de años, habéis practicado.

Guerras, genocidios, invasiones, codicia, remordimiento. Sois homicidas por naturaleza, y eso no es por mi culpa. Yo El Diablo, solo desempeñaba la labor de rey del Infierno. Ese lugar que tanto teméis y con razón, pues una vez visto, jamás se olvida porque permanece inalterable por los siglos de los siglos.

El Diablo continuó con su diatriba, y la humanidad en pánico, escuchaba cada palabra, y veía cada gesto que hacía el Diablo en su interior. Les dijo que nada más finalizar sus numerosas quejas hacia ellos, se serviría un banquete con sus cuerpos aún vivos, como los que devoran las tripas de su presa como hace el león, el tigre o el lobo.

Y luego arrojaré vuestros despojos a mis Príncipes, y a modo de buitres, continuarán comiendo la podrida carroña, de vuestros ojos, partes blandas y duras, sin importarles el dolor que vayáis a padecer. Preparaos dijo, pero prestar ahora atención a mis quejas, para que entendáis qué propósito tiene.

El Diablo hizo aparecer un bastón largo como el de un pastor, pero de color rojo, como si ya hubiera sido usado para machacar algunas cabezas, y se hubiera cubierto de sangre, pues así era el color que parecía tener.

El Báculo

Blandió el bastón y dijo: «Este es el bastón del buen pastor» que ya no está con vosotros, ni os guía ni os protege del ser.

Yo, dijo, lo usaré a modo de extensión de justicia infernal con mi brazo, y os partiré en dos la cabeza, y tendréis que traerme en vuestras manos, agarradas las dos partes, para que pueda decidir cual de ellas me parece más adecuada para comer, y cual para adornar mi gran salón negro de mis recuerdos hacia vosotros.

Entonces se armó con una armadura, a modo de coraza de tortuga, y desató la furia de las tormentas, los espantosos truenos, y los temidos rayos, y descargó sobre la humanidad toda su furia, mientras que él, impasible, soportaba los azotes monstruosos de la naturaleza, con su perfecta coraza negra.

El Diablo en su diatriba profirió maldiciones por doquier, no dio tregua a sus palabras malvadas, pues de sus expresiones, palabras, e intenciones, solo se discernía la rabia, la venganza, y sobre todo sus quejas, para lamento justo de la humanidad. Maldiciones, que significaban, atroces castigos, en las formas más horribles de sufrimiento.

Mencionó que les arrancaría los brazos uno a uno, como ellos hacían con los animales, que les asaría como ellos también hacían con los animales, que los acuchillaría como ellos hacían con los animales, que les dispararía como ellos también hacían con los animales.

El Castigo

Detalló que los quemaría poco a poco en brasas de volcán, que tardarían mucho tiempo en sufrir, puesto que el calor vendría del interior de las piedras.

Que cuando estuvieran a punto de dejar de respirar, o cuando estuvieran a punto de que su corazón dejara de latir, les arrojaría agua de hielo para que humearan como la niebla de la mañana cuando está gélida y húmeda.

Oían esta diatriba los Príncipes del Infierno, y festejaban con júbilo y pasión, los propósitos de su amo y señor.

Acabó su diatriba diciendo que cuando sus cuerpos no existieran, serían arrojados al firmamento hasta su total desintegración. La nada y el vacío serían lo que les esperaba en un tiempo que el Diablo ya había determinado.

Acabada la diatriba el Diablo comenzó con sus acciones, y sus Príncipes le acompañaron expectantes.

Lee más relatos de terror en: Pesadillas y Relatos Cortos de Terror: El Diablo.

Pesadillas y Relatos Cortos de Terror: El Diablo.
error: ¡El Contenido Está Protegido!