3 V

Los bosques a menudo son una fuente de misterio. Su relación con el más allá, se ha reflejado en muchas ocasiones, bien por alguna paradoja, o bien por una expresión antinatural del mismo.

Bosques y brujas, brujas y Diablo, son primos y hermanas. Se compenetran de tal modo, que el adjetivo de embrujado, se une al bosque, como si fueran de la misma familia del Diablo.

El bosque embrujado, es un bosque que nadie habita por gusto. Es un bosque grande y frondoso, que por la noche entra en una penumbra densa, por causa de la niebla imperante que a menudo se produce.

El impacto mental de verse perdido en un bosque de gran tamaño, es ya de por sí, una situación lamentable y peligrosa. El desaliento puede empezar a producirse en cualquier momento. Y no nos engañemos, la mayoría no somos supervivientes de estos entornos. Es más fácil tener algún tipo de accidente que salir airoso del trance.

Puedes tropezar con una roca, clavar una rama puntiaguda en un ojo, o caer a cualquier tipo de fosa mugrienta y húmeda.

Ahora bien, si a estos peligros de los bosques, le sumamos la intranquilidad de estar en un bosque embrujado, la cosa cambia a peor. El miedo será su alimento, y te acabará consumiendo mental y físicamente.

En el bosque embrujado, las señales son precisas e inconfundibles. Van desde el canto del búho o la lechuza nocturna, presagio de mal augurio, que ya en la antigüedad asociaban con la muerte inminente de alguna persona, hombre, mujer o niño. Incluso también es un presagio fatídico de la muerte de animales domésticos, queridos o no, de forma repentina.

Cuando alguien enciende una hoguera en un bosque embrujado, se desencadena lo que se viene a llamar, la posesión del bosque. La luz de las llamas ilumina parcialmente la oscuridad, y a su alrededor se hace un silencio sepulcral solo perturbado por el crepitar de la hoguera.

En ese silencio, a menudo se oyen extraños crujidos de ramas, o murmullos irreconocibles parecidos a los de animales en celo. Todo lo anterior se completa, con un aire que va ganando en intensidad, y que empieza a mover monótonamente las hojas de los árboles del bosque.

La Maldición del Bosque

Cuando el bosque embrujado está a punto de desencadenar todo su poder sobrenatural, el diablo en persona hace acto de presencia. Cuando digo en persona, no se entienda que es un ser vestido de rojo infernal y maloliente, sino una personificación de algo antinatural.

En este caso el bosque embrujado, prestó para este propósito del diablo, una de sus más características representaciones del reino animal de los bosques, un grupo de artrópodos. Así el diablo adoptó la apariencia de numeroso nido de arañas, que intrépidas, se movían de forma veloz y salvaje, en dirección a su víctima.

El bosque embrujado, tenía ya escrito su destino, y la víctima había sido marcada por siempre jamás.

Se trataba de un viejo buscavidas, que andaba por parajes naturales, descreído de cualquier maldición, o superstición. Tan sólo recorría el bosque embrujado, como quien anda por la calle. Con despreocupación, y como una costumbre más. Andaba, y andaba, hasta que sobre sus pasos se encontró con la noche. Y en la noche encendió una hoguera para calentarse y descansar. Y ese fue su último acto.

Las arañas (El Diablo) avanzaban decididas, hacia la luz de la hoguera. Su cúmulo de ojos malvados, algunas con 6, otras muchas con 8, se clavaban en la luz de la hoguera, y reflejaban su oscilante baile tenebroso. Todas estaban ya malditas por el bosque, y todas poseídas por el Diablo.

El ataque fue instantáneo, cuando alcanzaron a su presa. Aquél desdichado, comenzó a tener convulsiones y proferir por la boca unos alaridos de terror angustiosos y violentos.

Las arañas habían extraído de su abdomen, sus puntiagudos y afilados aguijones venenosos. Unas poderosas armas mortíferas antinaturales, que las ayudaban a acabar dando muerte a su presa en pocos minutos.

Ese hombre que había osado caminar por las entrañas del bosque embrujado, había encontrado su cruel destino, yacía agonizante cubierto, por una infinidad de arañas asesinas. Fue en el momento final de su vida cuando puedo ver la encarnación verdadera del Diablo.

Muy poco tiempo después amaneció, y el bosque embrujado, adoptó de nuevo el habitual disfraz de las mañanas. El disfraz natural del manto frondoso de árboles y plantas verdes que cubre predominantemente la tierra.

Pero seguro que aquélla no había sido la última alma que se quedará allí para siempre.

Pronto las arañas volverían a representar su festín diabólico, para dar así cumplimiento a la maldición del bosque embrujado.

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